Recopilación de videos en los que el padre Eduardo explica el evangelio cada día.

el perdon

 

Evangelio de San Mateo Cap.18 Ver. 21 hasta el final

13  de agosto de 2021

En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: Señor, si mi hermano me ofende ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta no te digo hasta siete veces sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con que pagar el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer, sus hijos y todas sus posesiones y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies le suplicaba diciendo ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar perdonándole la deuda pero al salir, el criado encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y agarrándolo lo estrangulaba diciéndole págame lo que me debes. El compañero arrojándose a sus pies le rogaba diciendo ten paciencia conmigo y te lo pagaré pero el se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.

Sus compañeros al ver lo ocurrido quedaron consternados  fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo siervo malvado, toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. No debías tú también tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti. Y el señor indignado lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Evangelio el de hoy que nos llama Jesús a perdonar como tú. Un evangelio que nos dice hasta dónde nos ha perdonado el Padre, por tu amor. Hasta dónde ha tenido misericordia de nosotros precisamente por tu dolorosa pasión, Señor Jesús.

Queridos amigos, San Pedro hoy la hace hoy a Jesús la pregunta que también nosotros muchas veces le hacemos. Una pregunta que, hace unos días hablando con una persona, me la exponía de una manera diferente. Pedro le dice a Jesús, Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿hasta siete veces? El siete lo sabéis, simboliza el numero de la perfección, de la totalidad, Pedro le está diciendo Señor, ¿le tengo que perdonar siempre? Y Jesús le dice, no, siempre no,  siempre delos siempre de los siempre jamás. Cuando Jesús le dice setenta veces siete,  significa no siempre, sino super-siempre. Es el superlativo de siempre.

Os decía que hace unos días hablando con una persona me decía Eduardo, hasta que punto tengo que amar a mi mujer, hasta que punto tengo que quererla cuando fíjate lo que me está sucediendo en casa.  Hasta que punto, hasta dónde tengo que aguantar. ¿La tengo que amar aunque ella me haga sufrir de esta manera? Esa persona me decía ¿se lo merece acaso que yo me entregue a ella, que yo la quiera, sufriendo lo que estoy sufriendo? Y yo le decía mira, la pregunta no es si se lo merece. La pregunta que un cristiano se pone es, si lo necesita.

Una madre ante su hijo adolescente, que se vuelve insoportable, que se vuelve exigente, altanero, insultivo, que se vuelve arrogante, en el momento en que menos ganas tiene de darle un abrazo, es precisamente en ese momento en el que más lo necesita.

Recuerda la confesión en la que el Señor más te haya perdonado. No es acaso ese el momento de tu vida en el que menos merecías el abrazo de Dios, en el que menos méritos propios tenías para que Dios te dijera que te amaba y sin embargo era, paradójicamente al mismo tiempo, el momento de tu vida en que más necesitabas el amor de Dios, su abrazo, su perdón y en el que este abrazo y este perdón de Dios más tocó tu corazón. 

La pregunta de Dios no es ¿se merecen mis hijos que les ame? La pregunta de Dios, como buen padre y madre que es, es ¿necesitan realmente mis hijos que les ame y que les perdone? Esta es la gran pregunta que Dios se pone cuando nos tiene que perdonar. 

Y de hecho, cuando Jesús responde a Pedro esa pregunta maestro, ¿hasta cuantas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿siete veces? Como diciendo, si me ofende siete veces seguidas es que no está arrepentido entonces ya no le tengo que perdonar. Y el Señor le responde, no con teorías sino con la realidad del amor de Dios. Esta parábola, la de aquel deudor que debía una cifra ingente de dinero a su señor y que es perdonado y que a su vez es incapaz de perdonar una cifra ridícula que le debe un hermano suyo, un compañero suyo, uno que está a su mismo nivel. 

Esta parábola nos está hablando del Padre, nos está hablando del amor de Dios. Nosotros ante Dios somos absolutamente incapaces de pagar esos pecados con los que le hemos hecho llorar, esas ofensas con las que le hemos dicho que no le necesitamos, esos días, semanas, meses, años, décadas, en  las que hemos pasado de El. No podemos hacer nada para merecer su perdón. Dios no nos ha perdonado porque lo merezcamos sino porque lo necesitamos.

Y yo ante mi hermano, ¿voy a ser tacaño en el perdón?  Y yo, ¿voy a ser como Pedro que contabiliza?, porque recordemos que Pedro no es Pedro, Pedro somos tú y yo. Claro, es muy fácil y muy cómodo decir fíjate, hay este  Pedro!!, no, no  Es que no leemos el evangelio como si fuera una crónica, como si fuera una historia legendaria, bonita en que hay personajes, unos mejores que oros, no, no. Leemos el  evangelio buscándonos a nosotros mismos en el. Como quien mira un libro sabiendo que esas páginas son en realidad una espejo en el que nos reflejamos. Y tú y yo somos Pedro. Y tú y yo hemos escatimado en el perdón muchas veces. Y tú y yo hemos dudado muchas veces si perdonar a alguien porque ya no es que le estoy perdonando, es que me está tomando el pelo, es que se está pasando.  Una cosa es que tengas que tomarte un café con una persona que te ha herido, Dios no te pide eso. Que tengas que invitarle a comer el día de tu cumpleaños, Dios no te pide eso.  Pero que le perdones en tu corazón, sí.  Que en tu corazón no hayan cadenas que te aten a esa persona, sí.  Porque la falta de perdón, el rencor, es un veneno que le hace daño no al otro sino a ti que te lo estás bebiendo. El rencor en un veneno que asesina, no al otro. Asesina tu propio corazón, en el que no descubres tu capacidad de amar. Cuando te bebes el veneno del rencor, ¿a quién estás haciendo daño sino a ti mismo? 

Fijaos que curioso, en la oración del Padrenuestro, hay una parte en que decimos danos hoy nuestro pan de cada  día, con lo cual, esta petición nos hace ver que Jesús inventó el Padrenuestro como una oración que tiene que ser rezada por lo menos todos los días, porque si pedimos danos hoy el pan de cada día, significa que mañana voy a volver a rezar el Padrenuestro, sino diríamos danos Señor el pan de este mes, que no nos importa comerlo duro. No, a los cristianos nos gusta el pan fresco del día, el pan bueno, nada de pan duro. El pan duro, cuando no hay también se puede comer y está riquísimo pero la palabra de Dios pone: danos hoy nuestro pan de cada día. 

De esta petición concluimos que este Padrenuestro, este conjunto de oraciones, lo hemos de rezar todos los días. Pero es que además de esta petición hay otra que es perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Si el Padrenuestro, hemos dicho, lo tenemos que rezar todos los días y Jesús incluye en el padrenuestro la oración perdónanos como nosotros perdonamos, entonces significa dos cosas. La primera, que cada día caemos. Jesús no nos diría que pidiéramos perdón todos los días si no supiera que caemos cada día. Jesús asume que por nuestra debilidad, vamos a tener necesidad no solo de pedir el pan de cada día sino de pedir perdón todos los días. En otro pasaje del evangelio nos lo dice claramente: el justo peca hasta siete veces al día.

Ahora bien, la petición completa es Padre perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Concluimos y cerramos el circulo de este razonamiento: Cristo nos da una oración que desea que recemos todos los días, por eso  nos dice danos hoy el pan de cada día, en esta oración se incluye una petición, perdona nuestras ofensas, por lo tanto Jesús asume que cada día, cada día necesitamos pedir perdón a Dios y en esa misma petición se dice como nosotros perdonamos con lo cual Jesús nos está diciendo que cada día tenemos que perdonar a nuestros hermanos. Que no podemos irnos a dormir sin haber perdonado a todos nuestros hermanos.   Que no podemos irnos a dormir con el veneno del rencor en el corazón,  que no  nos hace bien, que no nos lleva a nada, que solo nos da muerte, tristeza y es más, nos ata y nos encadena a la persona a la que no deseamos perdonar.

Si tú has elegido no perdonar a alguien, esa falta de perdón, cuando te acuerdas de esa persona, produce en ti  tal frustración, tal rencor, tal tristeza que lo único que haces es atarte a esa persona. Te atas a ella con sentimientos negativos que no llevan a nada. En el momento en que la perdonas es como que sueltas amarras y dices yo no quiero saber nada con aquello que sucedió. Por mi propio bien, por mi propia salud espiritual por mi propia salud física, porque me amo a mi mismo, perdono al que me ofendió. Porque me quiero a mi mismo perdono a aquella persona que mi hizo daño.

Perdónanos como nosotros perdonamos.

Ahora bien, en esto del perdón hay un componente por así decir biológico que nos traiciona. 

Nosotros somos espíritus encarnados. Somos un compuesto impresionante de alma, espiritual, y cuerpo físico. Todo lo que está vinculado a nuestro cuerpo físico lo compartimos con los animales. Somos animales espiritualizados, animales racionales, animales con capacidades sobrenaturales pero al fin y al cabo, animales. Compartimos con los animales ciertos rasgos de nuestra vida y uno de ellos es que tenemos sensibilidad. La sensibilidad forma parte de nuestro nivel biológico animal. Si hace frío, mi cuerpo siente frío, evidente. Si es la una del mediodía y he desayunado a las siete de la mañana, lo normal es que mi cuerpo sienta hambre, sentimos hambre, sentimos apetito.  Si hace un calor terrible como está haciendo en España en estos días, nuestro cuerpo siente calor. Sentimos cosas sin buscarlas. El hambre el frío y el calor yo no los he buscado, vienen solos, lo siento, forman parte de mi componente animal. Cuando alguien nos da un palazo o una patada, un puntapié,  cuando alguien nos desprecia una y otra vez, nuestro cuerpo, nuestro ser entero reacciona, reacciona huyendo de él, defendiéndonos, atacando, es normal la reacción. Y cuando me acuerdo de aquella persona que me hizo aquello, lo normal, si estoy bien hecho y hasta que no se demuestre lo contrario, lo normal es que yo sienta aversión a esa persona, yo sienta disgusto. Solo de pensar en ella me sube el cortisol que es la hormona de la autodefensa, del malestar, de estar incómodo en un lugar, de tener ganas de correr, de no verle. Me sube el cortisol y se me pone por las nubes cuando me acuerdo de es persona.

Y muchas personas se hacen problemas, a nivel espiritual porque piensan que, como al acordarse de aquella persona que les hizo daño se sienten mal, pues que no le pueden perdonar. Y una y otra vez. Y piensan de verdad, y lo piensan así porque nadie se los ha explicado nunca que ese sentimiento es sinónimo de no haber perdonado y se pasan la vida entera machacándose a sí mismos diciendo porque yo no puedo perdonar, porque para mí es imposible perdonar, porque a aquella persona que me ha hecho daño por mucho que lo he intentado no la puedo perdonar.

Vamos a distinguir las cosas. Tú, cuando piensas en ella sientes dolor, sientes tristeza, sientes aversión, sientes ganas de que no se acerque a tu casa ni por asomo ni por equivocación, es más, sientes ganas de borrarla de tu memoria. Pero eso no es debido a que no la hayas perdonado. El perdón es un acto de la voluntad. Yo quiero perdonar a esa persona. Y basta que tú lo digas. Yo Señor quiero perdonar a todos los que me han hecho daño, para que tú les estés de verdad perdonando. No es que esté siendo una persona falsa, por un lado digo que le perdono y por el otro que no le he perdonado. No. El perdón es una acción que corresponde al nivel superior de nuestra naturaleza. Es el nivel de entendimiento y de la voluntad. Yo entiendo que me hizo daño y entiendo que me hizo mucho daño, y no le resto, no le hago rebajas a los daños que me hizo. Me hizo muchos daños y tenemos que sacar cuentas, el señor de la parábola saca cuentas con su siervo. Antes de perdonarle echaron cuentas, me debes diez mil talentos.

Ojo, el perdón no va por el camino de decir, bueno es que él no sabía, es que en realidad me quiso amar pero no supo hacerlo,  era una persona…, todas esas excusas que inventamos lejos de ayudarnos a perdonar lo que hacen es anclarnos en nuestro dolor porque aunque aquel no quiso hacerlo, en realidad a mí me ha hecho mucho daño.

Tú tienes que sacar cuentas, tienes que decir esta persona me hizo esto y aún asumiendo que me hizo esto, le perdono. Pero sacar cuentas una vez en la vida eh, no todos los días de tu vida. Una vez y luego decirle al Señor, Señor te entrego toda la contabilidad ¿que son diez denarios que me debe esta persona en comparación con todo lo que tú me has dado?

Y aunque tu corazón siga sintiendo lo que sienta, da igual, es que no depende de ti. Sentirás hambre, sentirás frío, sentirás todo tipo de deseos fisiológicos que están vinculados a tu naturaleza humana, que no dependen de ti, no son pecados. No está mal que lo sientas. El Señor lo irá sanando si es su voluntad y te irá curando también esas heridas pero no dependen de ti. De ti depende solo decir Señor, aún después de haber sacado cuentas, yo perdono a esta persona. Y os voy a decir una cosa más para terminar. Lo más difícil de todo en la vida, es perdonarse a sí mismo. A los demás les perdono todo. Hay gente que perdona todo a los demás pero  a mí mismo no me perdono. En el fondo me detesto. Me detesto por aquello que hice y hay como dos yoes dentro de mí. El yo del pasado, al que detesto pero tengo que aguantar  porque no me queda otra que estar atado a el todos los días de mi vida y el yo del presente y del futuro que es el que aguanta, el héroe, es el santo, el mártir. El yo del presente y el yo del pasado. Lo más difícil es perdonarte a ti mismo. Sácate cuentas a ti mismo y perdónate. Y tira el libro de cuentas al mar infinito de la misericordia de Dios. Perdónate tu pasado, saca cuentas. No pasa nada. Haz una lista de todas las tontadas que has hecho a lo largo de tu vida. Haz una lista, no pasa nada. Y cuando hagas la suma total, te darás cuenta de que no es nada en comparación con lo que el Señor es capaz de perdonarte. Y que si el Señor te ha perdonado tú no tienen derecho a no perdonarte a ti  mismo. Y perdónate con tu historia y reconcíliate con tu pasado y da gracias a Dios por tu pasado y alaba al Señor por tus meteduras de pata. Gracias Señor porque he metido la pata tantas veces. Gracias Señor porque aún así tú has re-direccionado mi camino, porque tú has puesto el GPS otra vez redirigiendo, recalculando ruta porque el Señor es un maravilloso GPS que nos lleva siempre a su misericordia. Reconcíliate con tu pasado hermano, hermana, sana esas heridas. Solo cuando tú te perdones y cuando tú perdones de corazón el Señor comenzará la obra de la sanación de tus heridas.

Y si cada día, con el Padrenuestro perdonas a todos los que te han ofendido  tranquilo, que antes o después experimentarás que esas heridas de tu corazón cuando piensas en aquellas personas que te hirieron setenta veces siete, esas heridas se irán sanando. Incluso te digo una cosa más, sentirás amor hacia las personas que te hicieron daño. No porque tú seas capaz de amarlas sino porque el Señor lo pondrá en tu corazón. El Señor premiará tu perseverancia poniendo en tu corazón deseos de amor. Haz conmigo esta oración en este momento Señor Jesús a quien adoramos presente en el Santísimo Sacramento del altar. Pongo ante ti a esta persona que me hizo daño. Pon su nombre ante Jesús, Pongo ante ti a todas esas personas que me hicieron daño a lo largo de mi vida. Te pido por ellas Señor. Bendícelas más que a mí. Llénalas de tus bendiciones más que a mí. Que sean felices, más que yo. Que te conozcan y lleguen a ti incluso por delante de mí. Que gocen de tu amor más que yo, Señor. Bendícelas material y espiritualmente, familiarmente Señor, más que a mí. Se lo deseo de corazón Señor aunque mi corazón parezca que se opone pero  no es el corazón, es la sensibilidad recordad, es esa parte animal sobre la que no tenemos control. Déjala, ella va, decimos en España a su bola, a su ritmo, no te preocupes, tu misión no es sanar tu naturaleza humana, tu naturaleza animal  esa parte de nuestra humanidad que compartimos con los animales, sino de poner ante Jesús con tu naturaleza divina, con aquello que nos distingue de los animales, la inteligencia, la voluntad de sentir, el querer, sé lo que significa perdonar y quiero perdonar. Haz querido hermano, hermana esta oración cada día que sientas que necesitas un refuerzo en el perdón. Bendice Señor más que a mí, sánales Señor más que a mí, llénale de tu gracia más que a mí, que tenga bienes materiales más que yo, que le toque la lotería más que a mí, si puede que reparta un poco también. Así, una bendición en la que le pongas incluso por delante de ti, aunque pienses que estás siendo falso ante Dios. No estás siendo falso, es una oración de corazón y la haces porque te fías de Jesús.

Queridos hermanos, enhorabuena, el perdón es la mejor sanación de nuestro corazón y es la mayor alegría que le damos a Jesús, ver que también nosotros perdonamos a nuestros hermanos. Y si uno de vosotros cree que no puede perdonarles siquiera con el corazón, entonces hay algo más que podríais hacer. Si no puedes perdonar, si eres incapaz de decir Señor perdona a esta persona, entonces te falta la experiencia de haber sido perdonando.

Hay un libro precioso que se titula El ladrón perdonado, de Amadeo Cencini.  La experiencia del ladrón que ha sido perdonado y que le capacita para perdonar. Si no sabes perdonar querido hermano, acude en cuanto puedas al sacramento de la confesión y hazlo habitualmente. Hazlo con cierta frecuencia para que esa experiencia del perdón de Dios que una y otra vez se derrama en tu corazón te haga capaz de perdonar a los demás.

Termino con un pequeño testimonio personal.  Cuando me voy a confesar doy gracias a Dios porque el sacerdote con el que me confieso es pecador. Me encanta saber que me confieso con un pecador. Algunos dice no, como me voy a confesar, humillarme ante otro que es igual que yo o peor. Yo al contrario, digo bendito sea Dios que nos ha puesto la confesión con un pecador porque si me tengo que confesar con un ángel  ¿cómo se lo explico? El ángel no siente lo que yo siento, no padece lo que yo padezco, no tiene las tentaciones que yo tengo. Pero como me confieso con otro pecador, estoy seguro de que me va a entender, estoy seguro de que no hay peligro, estoy seguro de que me va a perdonar de parte de Jesús pero  también  a nivel humano va a saber comprender mi pecado. Me voy a sentir acogido por él.

Si alguno de vosotros se va a confesar, buscad un sacerdote pecador eh, no se os ocurra ir con el más santo, aunque normalmente los santos son los que mayor conciencia tienen de ser pecadores lo cual por tanto no está reñido. Un santo es un pecador que se levanta una y otra vez.